domingo, 17 de abril de 2011

Pensamiento de Wittgenstein.

En el Tractatus, Wittgenstein parte de una estructuración de la realidad. La Realidad es todo aquello posible lógicamente. El Mundo, más reducido, sería el conjunto de hechos que realmente existe dentro de todas las posibilidades de lo que podría existir. Los Hechos serían el estado de cosas actualmente existente, es decir: la relación dada entre los objetos o las cosas y que se está produciendo en la actualidad. Por último, las cosas u objetos serían lo individual existente y fijo.
Wittgenstein buscará conocer los límites de aquello de lo cual se puede hablar con sentido y por ello conocer con seguridad. Esto se debe a que hasta ahora la filosofía ha intentado argumentar sobre todo, pero no ha logrado demostrar nada. Por tanto, la tarea consiste en trazar los límites del lenguaje y ver cómo se relaciona esta realidad con el pensamiento humano.
En su primera etapa, que se corresponde al Tractatus, defiende el principio de la isomorfía. Según él hay una relación entre la realidad y el lenguaje y por ello es posible hablar sobre el mundo. Así, la estructura lógica del lenguaje tiene que ver con la forma lógica del mundo y por ello el lenguaje fija el límite de aquello que del mundo podemos conocer racionalmente. De esta forma, las proposiciones lingüísticas tendrán sentido cuando hablan de aquellas cosas del mundo donde la isomorfía se pueda realizar. Pero que algo tenga sentido no implica que sea necesariamente verdadero. Una proposición será verdadera cuando aquello que exprese coincida con un hecho del mundo: si lo representado existe, la representación será verdadera; si no existe, será falsa.
El lenguaje solo habla de la realidad cuando es posible aplicar la isomorfía. Por ello, las proposiciones verdaderas serían la totalidad del contenido de la ciencia. Y por ello, aquellas proposiciones a las que no se les puede aplicar la isomorfía son pseudoproposiciones.
Estas pseudoproposiciones son de dos tipos. En primer lugar, están las pseudoproposiciones lógicas y matemáticas que aunque carezcan de sentido no son absurdas, pues son útiles para ciertos procesos como analizar el lenguaje o por su operatividad en el análisis de la faceta lógica de lo real. En segundo lugar están las pseudoproposiciones de la filosofía. La verdad filosófica, como tal, aspira a estar más allá de la experiencia y por eso es un sinsentido. Las cuestiones filosóficas no se pueden responder y la verdadera tarea de la filosofía es convertirse en una actividad de clarificación poniendo límites a lo que se puede conocerse. Así la filosofía es crítica del lenguaje y análisis de los límites de la ciencia.
En su segunda etapa, que guarda relación con las Investigaciones, Wittgenstein abandona la isomorfía y defiende la idea de juegos de lenguaje y el concepto de uso. Así, es en el uso del lenguaje donde está la clave de su significado y dicha clave radica en un juego compartido por el oyente y el hablante.
Así, es el uso que se dé al lenguaje el que determina su significado. Dicho significado viene, a su vez, determinado por el juego de lenguaje que se haya establecido (ordenar, especular, describir, buscar la belleza,...). La precisión del lenguaje estará en las reglas que se marcan para el uso concreto y que gobiernan su funcionamiento y quien se salte las reglas corre el riesgo de no ser entendido (hace trampas). El juego del lenguaje es así ese conjunto de reglas que tiene un determinado uso de lenguaje y cada situación, cada juego, tiene unas determinadas y propias de él, que no pueden ser aplicadas a otro juego distinto. Estos usos del lenguaje proceden del propio lenguaje en la situación concreta y, a su vez, de la tradición anterior al propio sujeto y al juego.
Wittgenstein plantea también en esta segunda etapa el problema de la filosofía. La filosofía produce una fascinación porque es un embate contra los límites del lenguaje y busca siempre tratar problemas que están más allá de nuestra comprensión. Por ello, su problema es el mal uso del lenguaje. La filosofía debe tener como tarea aclarar y elucidar conceptualmente los términos del propio lenguaje para que no puedan ser utilizados de forma errónea. Así, su función es descubrir y poner en claro las estructuras de nuestro lenguaje y de nuestro conocimiento de un modo puramente descriptivo, esclareciendo las reglas y, con ello, el uso correcto del lenguaje.
Los límites del lenguaje trazan así efectivamente de qué se puede hablar con sentido y de que no. La filosofía es necesaria porque nos debe ayudar a clarificar el propio lenguaje. Pero igualmente serán necesarias la ética, la estética y la mística si bien de una forma diferente.
La ética y la estética trascienden el mundo, van más allá, al mirar a los objetos como obras de artes y a los sujetos como seres morales yendo más allá de su propia realidad física. Así, ética y estética modifican el sentido del mundo como característica propiamente humana.
Queda por último el problema de la propia filosofía como búsqueda del sentido de la vida. Tanto sobre la muerte y su experiencia como del problema de la vida eterna no se puede hablar pues no hay experiencia. Así, estas reflexiones nos llevan a lo místico que es inexpresable y se muestra en el sentimiento. Pero al ser un sentimiento, y no un hecho, hace que de ello no se pueda hablar ni explicar. Sin embargo, lo místico es característico del ser humano y no puede abandonarlo.

LALECHUZADEMINERVA

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